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20 jun 2018

MI VIAJE POR ÁFRICA IV

















MI VIAJE POR ÁFRICA IV

…"americani" made in Lancashire.

 Sin permanecer en Mombasa más de lo justo para desearle suerte y admirar su fértil y prometedora región costera, ascendamos por esta línea férrea desde el mar hacia el lago. Para empezar, ¡menuda obra! Todo se encuentra en perfecto estado. La ruta aparece desbrozada suave y asfaltada como si fuera la del tren London and North-Western. Cada poste de telégrafos tiene su número; cada milla, cada cien yardas y cada cambio de rasante, su marca,  pero no grabada en la blanda madera que nutre a la hormiga blanca, sino pintada sobre el duro hierro. Las constantes obras han mejorado sin cesar las pendientes y las curvas del trayecto definitivo, de forma que el tren -uno de estos cómodos y prácticos trenes indios- circula con tanta suavidad como por una línea europea.

 Tampoco se debería suponer que ese elevado coste de mantenimiento no se halle garantizado por la presente situación financiera de la empresa que, actualmente, esta llevando a cabo una labor que parecía imposible de realizar en tan poco tiempo.. Y por fin llega la recompensa: está empezando a obtener un beneficio -aunque sea modesto- sobre el capital invertido. Proyectado en principio como un ferrocarril de carácter político, que llegase hasta Uganda para asegurar el dominio británico en el alto Nilo, ha alcanzado ya un valor comercial. En lugar de los habituales déficits anuales derivados de los gastos de mantenimiento con los que solían contar antes los expertos más competentes, se produce ahora un substancial beneficio de casi ochenta mil libras al año. Pero esto es solo el principio, y un imperfecto principio pues la línea, de momento, consiste en un mero tronco que carece aún de las imprescindibles extremidades y antenas, de una cabeza sumergida en las profundas aguas d Kilindini, de una larga cola de vapores extendiéndose por la superficie del lago y, sobre todo, de la lógica y necesaria prolongación hasta el lago Alberto.
Podemos dividir el viaje en cuatro etapas principales: la jungla, las llanuras, las montañas y el lago. La travesía de este último constituye una parte esencial en nuestro viaje por ser la prolongación más natural y económica del recorrido de este ferrocarril. Así pues, salimos de la estación de Mombasa por la mañana temprano, sentados en una especie de banco de jardín adosado al guardarrieles de la locomotora, en una posición que nos permite contemplar la totalidad del paisaje.

 Todavía tardamos un cuarto de hora en salir de Mombasa y, por fin, tras cruzar el canal por un largo puente de hierro, el tren se dirige de verdad al corazón de África. La línea asciende por una pronunciada pendiente, serpenteando con perseverancia a lo largo de estas vastas regiones mientras la tierra se despliega loma aloma y valle a valle, hasta que, tras una última mirada al mar y a las cofas militares de el Venus -el buque de su majestad- que ofrecen una estrafalaria imagen en medio de las palmeras, nos sentimos totalmente sumergidos en el paisaje. Durante todo el día el tren circula cuesta arriba en dirección oeste, sobre un suelo ondulado e irregular, revestido por completo de frondosa vegetación. Preciosos pájaros y mariposas vuelan de árbol en árbol y de flor en flor. Profundas y abruptas gargantas, por donde fluyen caudalosos arroyos, se abren a nuestros pies, asomándose en los claros que surgen entre las palmeras y los árboles cubiertos de plantas trepadoras. Aquí y allá, a intervalos que se irían volviendo más cortos cada año,, se ven plantaciones de caucho, fibra y algodón, la primera muestra de esos inagotables recursos destinados a satisfacer un día la aún ilimitada demanda europea de estos productos básicos.

 Continuamente atravesamos pequeñas y pulcras estaciones, con sus señales, depósitos de agua, oficinas de billetes y perfectos macizos de flores, cortados siempre por el mismo patrón y protegidos con impenetrables setos. En suma, un fino hilo de científica civilización, basada en la organización, la autoridad y el orden, que se tiende a través del primitivo caos del mundo.
Por la tarde empieza a soplar un viento más fresco y tonificante. Las húmedas tierras litorales, con sus fiebres y sus esplendores, han ido quedando atrás. A una altitud de cuatro mil pies ya es posible reírse del Ecuador. La jungla se transforma en bosque, no menos exuberante, pero con unos rasgos netamente diferenciados. El olivo remplaza a la palmera. En conjunto, la tierra ofrece una imagen más acogedora y familiar, aunque no menos fértil. Después de la estación de Makindu el bosque desaparece.
 



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